Primera infancia, formación de padres y alianza familia-escuela ante uno de los grandes desafíos educativos del siglo XXI
Hay una pregunta que desde hace algún tiempo ocupa buena parte de mis reflexiones sobre educación y tecnología:
¿Estamos preparando a nuestros niños solamente para utilizar las herramientas del futuro, o estamos formando seres humanos capaces de vivir plenamente en ese futuro?
No son exactamente la misma cosa.
Durante gran parte de mi vida profesional he estado relacionado con la tecnología y el desarrollo de software. He presenciado una transformación extraordinaria: pasamos de computadores con capacidades extremadamente limitadas a sistemas de inteligencia artificial capaces de conversar, programar, analizar grandes cantidades de información, crear imágenes y realizar tareas intelectuales que hasta hace pocos años considerábamos exclusivamente humanas.
Y probablemente apenas estamos comenzando.
Paradójicamente, cuanto más poderosa se vuelve la tecnología, más convencido estoy de que uno de nuestros mayores desafíos no será tecnológico.
Será humano y educativo.
La educación comienza mucho antes de entrar a la escuela
Durante años he sostenido una convicción personal: lo que ocurre en el hogar y durante los primeros años de vida tiene una enorme importancia para aquello que posteriormente será un adolescente y un adulto.
Al comenzar a estudiar pedagogía descubrí que esta convicción encuentra un respaldo importante en la investigación sobre desarrollo infantil, aunque también exige algunas precisiones.
La Organización Mundial de la Salud considera los primeros años un período crítico del desarrollo y señala que los niños necesitan, entre otros elementos, buena salud, nutrición adecuada, seguridad, oportunidades de aprendizaje y un cuidado sensible a sus necesidades. La propia OMS destaca que es principalmente la familia la que proporciona ese entorno de cuidado durante los primeros años y que muchas familias necesitan apoyo para poder hacerlo adecuadamente [1].
UNICEF y la OMS han desarrollado precisamente programas de Care for Child Development orientados a enseñar a padres y cuidadores a observar las señales del niño, responder apropiadamente y utilizar el juego y la comunicación para favorecer habilidades motoras, cognitivas, lingüísticas, sociales y emocionales [2].
El Center on the Developing Child de la Universidad de Harvard explica además la importancia de las interacciones recíprocas entre niños pequeños y adultos atentos —lo que denomina serve and return— para el desarrollo de la arquitectura cerebral y de capacidades sociales y cognitivas posteriores [3].
Esto significa algo profundamente importante:
antes de que un niño tenga un maestro, ya está aprendiendo.
Aprende cuando alguien responde a su llanto.
Cuando espera.
Cuando juega.
Cuando escucha.
Cuando descubre límites.
Cuando se equivoca.
Cuando observa cómo los adultos solucionan un conflicto.
Cuando aprende que una frustración puede ser tolerada.
Cuando descubre que otra persona también tiene necesidades.
La educación, entendida en su sentido más amplio, comienza mucho antes del primer día de escuela.
Pero debemos evitar una conclusión demasiado sencilla
Sería tentador afirmar que una buena educación durante los primeros seis años producirá necesariamente adolescentes sin adicciones, adultos con elevada autoestima o personas felices.
La ciencia no permite hacer una afirmación tan determinista.
El comportamiento humano depende de una combinación extraordinariamente compleja de factores biológicos, familiares, psicológicos, sociales, económicos, culturales y ambientales.
Sin embargo, existen asociaciones muy interesantes.
Una revisión metaanalítica que reunió 150 estudios, 745 tamaños de efecto y más de 215.000 participantes encontró que la autorregulación durante la infancia se relacionaba con múltiples resultados posteriores. La autorregulación preescolar se asociaba positivamente con competencia social, participación escolar y rendimiento académico; y la autorregulación en los primeros años escolares se relacionaba posteriormente con diversos resultados conductuales y de salud. Los autores encontraron incluso asociaciones posteriores con tabaquismo, consumo de drogas y abuso de sustancias [4].
Esto no significa que enseñar autorregulación a un niño garantice que nunca tendrá una adicción.
Significa algo más prudente y científicamente defendible:
durante la infancia podemos ayudar a desarrollar capacidades que posteriormente pueden actuar como factores protectores.
Y para mí esa diferencia es fundamental.
Entonces aparece una pantalla
Hay además una dimensión que generaciones anteriores de padres nunca tuvieron que enfrentar con la intensidad actual.
La vida digital.
El teléfono móvil, las redes sociales, los videojuegos, las plataformas audiovisuales y los sistemas de recomendación forman parte del entorno en el que nuestros niños construyen identidad, relaciones y hábitos.
Pero tampoco debemos caer en el extremo de considerar toda tecnología perjudicial.
La American Psychological Association advierte expresamente que el uso de redes sociales no es inherentemente beneficioso ni perjudicial para todos los jóvenes. Sus efectos dependen del niño o adolescente, de sus características y vulnerabilidades, del contexto y del tipo de contenido y funciones con las que interactúa [5].
Al mismo tiempo, existen razones suficientes para actuar con prudencia.
El informe del Surgeon General de Estados Unidos sobre redes sociales y salud mental juvenil señala que hasta el 95 % de los jóvenes de 13 a 17 años reportan utilizar alguna plataforma social y que aproximadamente un tercio afirma utilizarlas “casi constantemente”. El mismo informe recoge investigaciones en las que más de tres horas diarias de redes sociales se asociaron con aproximadamente el doble de riesgo de determinados problemas de salud mental, incluidos síntomas de ansiedad y depresión [6].
Debemos interpretar correctamente esa información: una asociación estadística no demuestra por sí sola que las redes sociales sean la causa directa de esos problemas.
Pero tampoco podemos ignorar la señal.
La APA recomienda que, especialmente durante la adolescencia temprana, exista acompañamiento adulto, conversación y orientación sobre los contenidos digitales, aumentando gradualmente la autonomía a medida que el joven desarrolla competencias y alfabetización digital [5].
Por eso no creo que la solución consista en declarar la guerra a la tecnología.
Creo que debemos enseñar a utilizarla.
No alejarlos de la tecnología, sino prepararlos para ella
Como ingeniero de software sería contradictorio que mi propuesta educativa consistiera simplemente en apagar las pantallas.
La tecnología puede educar, comunicar, democratizar conocimiento, estimular la creatividad y abrir oportunidades extraordinarias.
Y la inteligencia artificial multiplicará muchas de esas posibilidades.
Por eso la pregunta que considero importante no es:
¿Cómo alejamos a nuestros hijos de la tecnología?
Sino:
¿Cómo formamos seres humanos capaces de utilizar la tecnología sin permitir que su bienestar dependa completamente de ella?
Para mí, parte de esa preparación comienza antes de la primera red social.
Comienza desarrollando progresivamente capacidades como la autorregulación, la autonomía, la empatía, la tolerancia a la frustración, el pensamiento crítico y la capacidad de relacionarnos con otras personas.
Y muchas de esas primeras experiencias ocurren en casa.
Pero ¿quién nos enseña a ser padres?
Aquí aparece una de las ideas que probablemente genere mayor discusión.
Para conducir un automóvil necesitamos preparación.
Para ejercer muchas profesiones estudiamos durante años.
Para enseñar formalmente necesitamos formación pedagógica.
Sin embargo, para asumir una de las responsabilidades humanas con mayores consecuencias —participar directamente en la formación de otro ser humano— generalmente aprendemos mientras ejercemos esa responsabilidad.
Creo que debemos preguntarnos si podemos hacerlo mejor.
Y nuevamente encontré evidencia interesante.
En su informe Parenting Matters: Supporting Parents of Children Ages 0–8, las National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine revisaron décadas de investigación y concluyeron que las relaciones entre padres e hijos y el entorno familiar constituyen una base fundamental del bienestar y el desarrollo saludable durante los primeros años [7].
La Organización Mundial de la Salud ha publicado además recomendaciones específicas sobre intervenciones de formación parental. Sus guías señalan que este tipo de programas puede contribuir a reducir prácticas de crianza severas y maltrato, fortalecer las relaciones entre padres e hijos y prevenir determinados problemas emocionales y conductuales [8].
Por eso creo que aprender a ser padres debería formar parte de nuestra cultura educativa.
¿Debería ser obligatorio aprender a ser padre?
Mi posición personal va un poco más lejos y reconozco que aquí entramos en un terreno ético, político y jurídico que merece una discusión independiente.
Creo que la sociedad debería establecer mecanismos para que quienes van a asumir la responsabilidad de criar a un niño reciban formación sobre desarrollo infantil y actualicen periódicamente esos conocimientos.
No hablo de decidir quién tiene derecho a tener hijos.
Ese sería un planteamiento completamente diferente y plantearía gravísimos problemas éticos y de derechos fundamentales.
Hablo de considerar la formación parental como una responsabilidad social.
Imagino programas universales, gratuitos y accesibles que acompañen las distintas etapas de crecimiento.
Antes del nacimiento podrían abordarse desarrollo infantil, vínculo afectivo, nutrición, seguridad y cuidado.
Posteriormente podrían incorporarse comunicación, establecimiento de límites, disciplina no violenta, desarrollo emocional y prevención.
Cuando el niño comienza a relacionarse con Internet deberían aparecer alfabetización digital, privacidad, ciberacoso, seguridad, redes sociales y pensamiento crítico.
Y cuando llega la adolescencia, los padres necesitaríamos nuevas herramientas.
Porque ser padre de un niño de tres años no requiere exactamente los mismos conocimientos que acompañar a un adolescente de quince.
La propia existencia de guías internacionales de formación parental muestra que enseñar y acompañar a los padres no es una idea extravagante: ya constituye un campo de intervención respaldado por investigación [8].
Lo que sí corresponde debatir democráticamente es hasta dónde debería llegar la responsabilidad del Estado, qué formación debería ser voluntaria u obligatoria y cómo garantizar que nunca se convierta en un mecanismo discriminatorio.
Familia y escuela: no son competidores
Existe una segunda separación que considero necesario cuestionar.
La familia por un lado.
La escuela por otro.
A veces pareciera que cada una espera que la otra resuelva aquello que no puede solucionar sola.
La evidencia disponible favorece una visión más colaborativa.
Un metaanálisis publicado en Psychological Bulletin reunió 448 estudios independientes que representaban aproximadamente 480.000 familias. Encontró asociaciones positivas, aunque generalmente pequeñas, entre la participación de los padres en la escolaridad y el rendimiento, la motivación y el compromiso académico de sus hijos, además de asociaciones con determinados resultados sociales y emocionales [9].
Otro metaanálisis de 39 estudios sobre programas de participación parental desde preescolar hasta tercer grado encontró efectos positivos moderados en conjunto sobre resultados académicos y socioemocionales [10].
Esto tampoco significa que cualquier intervención de los padres sea automáticamente beneficiosa.
De hecho, la investigación muestra que importa cómo participan los padres, no solamente cuánto participan.
Por eso considero que familia y escuela deberían convertirse en socios educativos.
Una escuela donde también aprendan los padres
Imagino una escuela en la cual los niños no sean los únicos que aprenden.
También los padres.
No necesariamente estudiando las mismas asignaturas ni sentándose juntos en el salón.
Me refiero a desarrollar una formación paralela y complementaria.
Si los estudiantes están trabajando ciudadanía digital, sus padres podrían recibir formación sobre privacidad, redes sociales, ciberacoso, establecimiento de acuerdos familiares y acompañamiento digital.
Si los estudiantes están aprendiendo regulación emocional, las familias podrían conocer estrategias para reforzar esas capacidades en casa.
Si la escuela detecta nuevas problemáticas relacionadas con inteligencia artificial, desinformación o nuevas plataformas, podría proporcionar herramientas a las familias.
UNICEF ya considera a las familias actores fundamentales en los programas destinados a proteger a los niños frente a riesgos asociados con las tecnologías digitales [11].
Para mí, este podría convertirse en uno de los grandes cambios educativos del futuro:
dejar de pensar solamente en educar al niño y comenzar a pensar en educar el ecosistema que lo acompaña.
Entonces comprendí que mi propia educación debía cambiar
Estas ideas terminaron produciendo una consecuencia personal.
Durante décadas mi formación estuvo fundamentalmente relacionada con la tecnología.
Soy ingeniero de software.
Pero si realmente quiero aportar, aunque sea modestamente, a la formación de seres humanos capaces de vivir en el mundo que estamos construyendo, comprendí que saber de computadores ya no era suficiente.
Necesitaba comprender la educación.
Necesitaba comprender la inteligencia artificial.
Necesitaba aprender cómo integrar responsablemente tecnología y aprendizaje.
Y finalmente quiero comprender mejor al propio ser humano.
De allí nació una ruta académica que para mí no consiste simplemente en acumular títulos.
Mi punto de partida es la Ingeniería de Software, formación que ya culminé.
Actualmente curso el Diplomado en Formación Pedagógica para Profesionales No Licenciados de la Universidad de San Buenaventura, como parte de mi preparación para ejercer la docencia en Colombia.
El siguiente campo en el que quiero profundizar académicamente es la Inteligencia Artificial.
Posteriormente he proyectado continuar con estudios de posgrado en Tecnología e Innovación Educativa.
Y finalmente he trazado como horizonte académico profundizar en Neurociencia Aplicada y Comportamiento.
Puede parecer una ruta que atraviesa disciplinas diferentes.
Yo la veo como una sola pregunta observada desde distintos lugares:
software → inteligencia artificial → educación → aprendizaje → comportamiento humano.
No quiero educar niños para competir contra las máquinas
Quizás aquí se encuentre el centro de toda esta reflexión.
Las próximas generaciones convivirán con sistemas artificiales capaces de procesar más información que cualquier persona, recordar cantidades inmensas de datos, traducir idiomas, programar, analizar documentos y automatizar una cantidad creciente de tareas intelectuales.
Entonces, ¿qué sentido tendría construir un modelo educativo cuyo objetivo principal fuera intentar convertir al ser humano en una máquina más eficiente?
Creo que debemos hacer justamente lo contrario.
Cuanto más capaces sean nuestras máquinas, mayor importancia tendrán aquellas capacidades que necesitamos cultivar profundamente como seres humanos:
la empatía,
el criterio,
la responsabilidad,
la solidaridad,
la autonomía,
la creatividad,
el pensamiento crítico,
la capacidad de construir relaciones,
la capacidad de encontrar significado,
y la capacidad de cuidar de nosotros mismos y de los demás.
Y agregaría una palabra difícil de medir científicamente pero imposible de ignorar humanamente:
la felicidad.
No podemos garantizar que un niño será feliz.
Ningún sistema educativo puede hacerlo.
Pero sí podemos preguntarnos qué condiciones familiares, educativas y sociales aumentan sus oportunidades de construir una vida saludable, autónoma, significativa y conectada con otros.
Mi granito de arena
Después de revisar la evidencia, mi convicción inicial no desaparece.
Se vuelve más precisa.
Hoy no afirmaría que una determinada educación antes de los seis años garantiza adultos felices, con elevada autoestima y libres de adicciones.
Afirmaría algo diferente:
los primeros años importan profundamente; las relaciones con los adultos importan; desarrollar capacidades de autorregulación importa; la formación de padres puede mejorar prácticas de crianza; la participación familiar puede contribuir a mejores resultados educativos; y nuestros niños necesitan acompañamiento para aprender a relacionarse saludablemente con el mundo digital.
La ciencia puede ayudarnos a identificar factores de protección y mejores prácticas.
La pedagogía puede ayudarnos a convertir ese conocimiento en educación.
La tecnología puede proporcionarnos herramientas extraordinarias.
Pero ninguna de ellas puede sustituir nuestra responsabilidad humana.
Estamos entrando en una época en la que posiblemente conviviremos con máquinas superiores a nosotros en una cantidad creciente de tareas cognitivas.
Quizás por eso nuestra gran prioridad educativa no debería ser enseñar a nuestros hijos a parecerse cada vez más a las máquinas.
Debería ser ayudarlos a desarrollar plenamente aquello que significa ser humanos.
No necesitamos preparar a nuestros hijos para ser mejores máquinas.
Necesitamos ayudarlos a convertirse en mejores seres humanos.
Ese es el sentido que quiero darle a esta nueva etapa de mi vida académica y profesional.
Y esa es la manera en que espero poner mi granito de arena.
Referencias
[1] World Health Organization. (2020). Improving early childhood development: WHO guideline. World Health Organization.
[2] UNICEF & World Health Organization. Care for Child Development. Programa basado en evidencia para promover aprendizaje temprano y cuidado sensible durante la primera infancia.
[3] Center on the Developing Child at Harvard University. A Guide to Serve and Return: How interaction with children can build brains.
[4] Robson, D. A., Allen, M. S., & Howard, S. J. (2020). Self-regulation in childhood as a predictor of future outcomes: A meta-analytic review. Psychological Bulletin, 146(4), 324–354.
[5] American Psychological Association. (2023). Health Advisory on Social Media Use in Adolescence.
[6] Office of the U.S. Surgeon General. (2023). Social Media and Youth Mental Health: The U.S. Surgeon General's Advisory. U.S. Department of Health and Human Services.
[7] National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine. (2016). Parenting Matters: Supporting Parents of Children Ages 0–8. Washington, DC: The National Academies Press. https://doi.org/10.17226/21868
[8] World Health Organization. (2023). WHO guidelines on parenting interventions to prevent maltreatment and enhance parent–child relationships with children aged 0–17 years. World Health Organization.
[9] Barger, M. M., Kim, E. M., Kuncel, N. R., & Pomerantz, E. M. (2019). The relation between parents' involvement in children's schooling and children's adjustment: A meta-analysis. Psychological Bulletin, 145(9), 855–890.
[10] Cosso, J., von Suchodoletz, A., & Yoshikawa, H. (2022). Effects of parental involvement programs on young children's academic and social-emotional outcomes: A meta-analysis. Journal of Family Psychology, 36(8), 1329–1339.
[11] UNICEF & University of Oxford. Parenting for the Digital Age: Strengthening Parenting Programmes for Preventing Technology Facilitated Sexual Exploitation and Abuse.
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