“Para comprender quién soy, primero tuve que descubrir quiénes fuimos.”
Nací en Bogotá, Colombia, el 28 de agosto de 1963. Mis padres fueron Fabiola Cobo Arizabaleta y Roberto Sarria Ruiz.
Durante muchos años pensé que mi historia comenzaba aquel día de agosto, cuando respiré por primera vez.
Más tarde comprendí que estaba equivocado.
Mi historia no comenzó conmigo. Tampoco comenzó con mis padres.
Ni siquiera con mis abuelos, cuyos recuerdos todavía alcanzan a vivir en la memoria de quienes los conocieron.
Mi historia había comenzado miles de años antes de que existiera Colombia; antes de que alguien pronunciara los apellidos Sarria o Cobo; antes de que existieran las ciudades, las carreteras y los mapas con los que hoy dividimos el mundo.
Había comenzado con innumerables hombres y mujeres cuyos nombres jamás conoceré.
Personas que sobrevivieron guerras, epidemias, hambrunas y migraciones. Personas que atravesaron territorios y océanos, formaron familias y continuaron viviendo sin imaginar que una pequeña parte de ellos seguiría viajando de generación en generación hasta llegar a mí.
Hoy sabemos que una parte de esa historia viaja en algo extraordinariamente pequeño: nuestro ADN.
Cuando la curiosidad se encuentra con la ciencia
Durante décadas sentí curiosidad por mis raíces familiares.
Quería saber de dónde venían realmente los Sarria, los Cobo y todas aquellas personas que, aunque nunca conocí, hicieron posible mi existencia.
La genealogía respondió algunas preguntas.
La genética abrió una puerta mucho más antigua.
Decidí realizar un es
tudio de mi ADN con 23andMe, una empresa estadounidense dedicada al análisis genético personal. A partir de una muestra de saliva, este tipo de estudio permite estimar componentes de ances
tralidad y explorar linajes y migraciones relacionadas con nuestros antepasados.
Los resultados no reemplazan la historia familiar ni los documentos que una familia puede conservar. En mi caso, los entendí como algo diferente: una herramienta científica complementaria para mirar mi propia historia desde otra perspectiva.
Y lo que encontré despertó todavía más mi curiosidad.
Una historia escrita durante miles de años
Descubrí que casi cuatro quintas partes de mi herencia genética proceden de Europa, principalmente de la península ibérica, con una presencia predominante de Andalucía, Asturias y Castilla.
El análisis de mi línea paterna señala una antigua raíz euroasiática que se extendió por Europa durante miles de años, mientras que mi línea materna se remonta hacia Oriente Medio y posteriormente avanzó hacia Asia Central y el continente europeo.
Siglos después, parte de ese legado ancestral cruzaría el océano con las migraciones hacia el Nuevo Mundo hasta encontrarse, en Colombia, con mis raíces indígenas americanas.
Pero la historia no termina allí.
También aparecen en mi composición genética huellas asociadas con antiguos pueblos italianos, portugueses, gallegos, vascos, escoceses y judíos asquenazíes.
Y casi una quinta parte de mi ADN corresponde a pueblos originarios de América.
Esa parte de los resultados tuvo para mí un significado especial.
Mi genética señala particularmente hacia antiguos habitantes del altiplano cundiboyacense, precisamente la región en la que, muchos siglos después, nací yo.
Cuando lo pienso, encuentro allí una coincidencia hermosa:
es como si una pequeña parte de la historia hubiera regresado al mismo lugar donde comenzó.
América también estaba dentro de mí
Los resultados muestran además rastros relacionados con antiguos pueblos mesoamericanos, comunidades norteamericanas y poblaciones andinas y amazónicas.
Eso me recordó algo que fácilmente olvidamos cuando observamos un mapa político actual: América estuvo conectada durante muchísimo tiempo antes de que existieran las fronteras que hoy separan nuestros países.
Pero hubo otro descubrimiento que despertó especialmente mi imaginación.
Encontré pequeñas huellas relacionadas con el Mediterráneo oriental y el norte de África.
Son porcentajes pequeños, algunos casi imperceptibles, asociados con poblaciones levantinas, de la península arábiga, egipcias y norteafricanas.
Para mí, su importancia no está en el tamaño del porcentaje.
Está en lo que representan.
Durante miles de años, comerciantes, peregrinos, conquistadores, religiosos y familias enteras se desplazaron de un territorio a otro. Cruzaron mares, cambiaron de ciudades, formaron nuevas familias y dejaron descendientes.
Ninguno podía imaginar que, miles de años después, una parte diminuta de aquella historia aparecería en el ADN de alguien nacido en los Andes colombianos, a 2.640 metros sobre el nivel del mar.
Un inmenso árbol humano
Una de las posibilidades que más llamó mi atención fue poder comparar segmentos de mi ADN con información genética obtenida de restos arqueológicos de personas que vivieron hace cientos e incluso miles de años.
En esos resultados aparecen coincidencias genéticas con individuos pertenecientes a épocas y lugares muy diferentes: la Edad del Hierro en Polonia, habitantes precolombinos del Caribe, poblaciones medievales españolas, antiguos habitantes relacionados con la civilización maya e incluso personas que vivieron durante tiempos del Imperio romano.
Esto requiere una aclaración importante.
No significa que yo descienda directamente de esas personas.
Significa algo que, para mí, resulta incluso más fascinante.
Que pertenecemos al mismo inmenso árbol humano.
Que algunas ramas de nuestras familias estuvieron relacionadas en algún momento remoto de la historia.
Que, cuando retrocedemos suficientemente en el tiempo, las divisiones que hoy parecen tan importantes comienzan a hacerse mucho más pequeñas.
Y que todos somos, de una u otra manera, parientes lejanos.
Entonces, ¿de dónde soy?

Captura del informe de composición ancestral elaborado por 23andMe, empresa estadounidense especializada en análisis genéticos personales. A partir de una muestra de saliva proporcionada voluntariamente por el autor, la plataforma examinó su ADN para estimar su composición ancestral e identificar linajes genéticos y antiguas rutas migratorias familiares. Estos resultados se incorporan a la biografía como una fuente documental complementaria que permite relacionar los avances de la ciencia con la memoria personal y enriquecer la reconstrucción de los orígenes familiares. Sin embargo, el ADN también reveló una verdad esencial para este relato: una parte profundamente significativa de su historia y de su identidad nunca cruzó el Atlántico.
Al observar aquellos resultados comprendí algo que nunca había pensado de esa manera cuando estaba en la escuela.
Soy colombiano.
Profundamente colombiano.
Pero para llegar a existir como colombiano fueron necesarios miles de años de movimientos humanos.
En mí existen huellas europeas y americanas.
Mediterráneas y andinas.
Llevo una parte de aquellos pueblos indígenas que caminaron estas montañas mucho antes de la llegada de los españoles.
También llevo rastros de personas que, en distintos momentos de la historia, habitaron lugares como Andalucía, Galicia, Italia, el Levante mediterráneo y el norte de África.
Cada generación añadió una pequeña pieza.
Hasta que, finalmente, apareció la persona que soy hoy.
Pero el ADN no puede contar toda mi historia
Aquí encontré quizás la reflexión más importante de este viaje hacia mis orígenes.
La genética puede ayudarme a comprender de dónde proceden algunos de mis genes.
Puede ofrecer pistas sobre migraciones ocurridas hace cientos o miles de años.
Puede conectarme con regiones del mundo que nunca habría imaginado relacionadas con mi historia.
Pero hay algo que ninguna prueba genética puede explicar.
El ADN no puede decir por qué terminé dedicando buena parte de mi vida a crear software.
No puede explicar por qué decidí estudiar nuevamente siendo adulto.
No puede explicar por qué quiero enseñar, escribir, investigar o compartir con otros aquello que he aprendido.
Tampoco puede explicar mis decisiones.
Mis errores.
Mis sueños.
Mis afectos.
Las personas que amé.
Las veces que tuve que comenzar de nuevo.
Todo eso pertenece a otra clase de herencia.
Una que no está escrita únicamente en nuestros genes, sino que se va construyendo mientras vivimos.
Y esa es precisamente la historia que quiero contar.
Porque después de viajar simbólicamente miles de años hacia atrás buscando de dónde vengo, debo regresar al punto donde comienza mi propia memoria.
Bogotá. 28 de agosto de 1963.
Ese día nació un niño que no podía imaginar que llevaba dentro de sí miles de años de historia humana.
Tampoco podía imaginar los lugares a los que llegaría, las personas que conocería, los errores que cometería, las cosas que aprendería ni las veces que tendría que comenzar nuevamente.
Pero esa parte de la historia ya no pertenece a mis antepasados.
Esa historia comienza conmigo.
Y es la que continuaré contando en el próximo capítulo.
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